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Como cada vez que toco temas políticos, sociales, etc. en mis comentarios, ocurrirá también en éste que “alguien” se mostrará en desacuerdo o afeará mi “osadía”. Inevitable. Pero no puedo hacer otra cosa si es que quiero situar mi particular punto de vista en la más rabiosa actualidad. Y la actualidad no es otra que una crisis económica que, poco a poco pero imparable, va dejando en la cuneta a una buena parte del tejido productivo de este país.
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Pero ocurre que ya hablar de crisis se está haciendo cansino, aburrido y antiguo. Nos morimos de ganas de pasar página de una vez, abandonar esa atmósfera negativa de futuro incierto que nos tiene sobrecogidos a la vez que encerrados en nuestros cuarteles, a nosotros y a nuestros dineros (llamativa la permanente subida del ahorro y el descenso progresivo del consumo) y, con las debidas garantías, regresar a la vida cotidiana y abundante que con tanta rapidez aprendimos a vivir… ¡Qué tiempos aquellos y, cómo el que dice, hace sólo cuatro días!.
Pero quiero volver a mi particular visión de la actualidad… regresando a ciertos aspectos del pasado, ahora tan de moda.
La mayoría de los que iniciamos nuestra vida laboral en la década de los 50 (plena postguerra) nos encontramos entonces con igual panorama. Una España aún dividida, heredera de una guerra salvaje y fratricida, abandonada a nuestra suerte por el mundo exterior, carente de todo. Infraestructuras, industria, Seguridad Social, comunicaciones, medios de toda especie, dictadura, emigración… en una palabra, un panorama desolador.
Pero había que vivir, había que salir de aquello como fuese, recomponer la figura, poner en marcha todos los motores, echarle “bemoles” y tirar “palante” al precio que fuese, incluso al precio de “olvidar”.
Nos arremangamos y nos pusimos manos a la obra, trabajamos hasta el desespero, cierto que en beneficio propio, pero también común. Pagamos un precio muy alto a base de sacrificios y de impuestos (más indirectos que directos, es verdad), pero nos acercamos como pudimos a Europa a través de unas carreteras casi inexistentes, nos hicimos oír sufriendo toda clase de humillaciones. Nos llamaron “gallegos”, nos llamaron “cabrones”, se aprovecharon de nosotros cuanto quisieron, éramos la España de la “pandereta” del “sol y las moscas”.
Y así una generación tras otra, una vida tras otra, muchos quedando en el camino, tirados en la cuneta demasiadas veces, ignorados o señalados por no hablar inglés. La sombra de la mediocridad se dibujaba en nuestro suelo silueteada por los cuatro nudos del pañuelo en la cabeza protegiendo nuestra sesera de un Lorenzo justiciero.
“Tanto monumento y tanta placa a lo que sea y ni una sola mención a los que trabajaron/trabajamos de tal forma para futuras generaciones”. ¿Se les ocurrirá algún día?.
Y llegó la recompensa, y ¡por fin! se fijaron en nosotros. El Mundo descubrió nuestras playas, nuestra gastronomía, nuestras ansias de pertenecer al suyo, nuestra laboriosidad e ingenio, nuestra peculiar forma de ser, nuestras mujeres, nuestro García Lorca, nuestros Raúl, Fernando Alonso, Rafa Nadal, Antonio Banderas, nuestra Penélope Cruz.
Construimos una nueva España cargada de esperanza y cerebros notables, restablecimos la comunicación, reconstruimos preciosas ciudades que nada tenían que ver con el pasado, abandonamos la pena de muerte, nos dimos “derechos y obligaciones”, nos dimos “libertades”, recuperamos autoestima, aprendimos inglés…
Pero regreso al día de hoy, al momento éste de incertidumbre y restricción, al actual panorama y me pregunto: ¿Habrá, se pedirán responsabilidades, no sé si incluso penales, para los que, incompetentes y alegremente, nos están devolviendo a aquella época de “gallegos, cabrones, pandereta, sol y moscas”? No lo veo como un problema de bandos o colores, lo siento como una cuestión de conciencias.
Juan Santamaría
Chef Director del Restaurante Cala Fornells
Tejares, Salamanca
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