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Alrededor del café (II)

Miércoles, 9 de Enero de 2008


Tres Grandes leyendas

Siguiendo con el café es bonito contar las leyendas que acerca de él han ido circulando por el mundo a través de los siglos. Así que una pequeña muestra de estas leyendas que sin duda hacen más llevadero el crudo invierno.

Hay varias leyendas que hablan acerca del origen del café. En toda aquella empresa iniciada por los hombres siempre ha habido su buena parte de leyenda, respondiendo a una necesidad de lo misterioso, de lo maravilloso, de un cierto embrujo que pueda sacarnos, al menos por unos momentos, de la rutina de la vida cotidiana. El mundo del café no escapa a esta regla.
 


Mª Pilar Martín Galilea

La más conocida y popular es la que cuentan que sucedió a un pastor llamado Kaldi, el cual estaba cuidando de su rebaño de cabras cuando observó que éstas se comportaban de una manera un tanto extraña, ya que en lugar de pacer apaciblemente como solían hacerlo lo que estaban haciendo era bailar alrededor de un arbusto donde crecían cantidad de pequeñas bayas de un color rojo y brillante. El propio pastor decidió probar él mismo esos frutos y cual no sería su sorpresa cuando al poco rato de haberlas ingerido se sentía tan contento y animado como los animales a los que estaba cuidando. Kaldi al no encontrar explicación para aquel suceso y pensando que quizás se tratase de algún maleficio o embrujo decidió consultar con el Imman de un monasterio cercano al que pidió consejo.

Ya las noticias de este suceso de las cabras habían llegado al propio monasterio y el Imman estudió con sumo interés el suceso, teniendo en cuenta además que a él le costaba gran esfuerzo el que sus compañeros de oración y vigilia se mantuviesen despiertos para las correspondientes oraciones nocturnas. Descubrió al probarlos los mismos efectos que habían tenido las cabras, por lo que llegó sabiamente a la conclusión de que su comportamiento no era debido a ningún embrujo o maleficio sino a la ingestión de aquellos frutos que provenían de un arbusto que no era otro que el cafeto.

Entre los árabes sigue existiendo la creencia de que Alá creó esta planta para que Mahoma, su profeta, cansado y enfermo pudiera permanecer en vigilia tomando la amarga y aromática bebida cuando le amenazaba un pesado sueño. Encontrándose el profeta angustiado por las demasiadas preocupaciones que ocupaban su mente, Alá sintió compasión, enviándole al arcángel San Gabriel, quien le dio a beber un líquido al que llamó gahwa pues era de color negro, igual que la piedra de Kaaba. Inmediatamente de haber ingerido el oscuro líquido, Mahoma sintió sus beneficiosos efectos recobrando no solamente la salud sino también la fuerza viril.

Alá antes de la creación del mundo bebía café, al séptimo día que descansó bebía té y piensan que Adán y Eva el día que cometieron el pecado original bebían vino. De ahí la creencia de que el café agudiza la inteligencia y estimula la creatividad; el té es propicio para la meditación y el descanso y el vino es propio de la distracción y la confusión.

La tercera leyenda que se cuenta en torno a los orígenes del café está también relacionada con las cabras y en cierto modo emparentada con la del pastor Kaldi. Se cuenta que unas cabras, pertenecientes a una comunidad religiosa llamada Chehodet, que se localizaba no lejos de los contrafuertes de Djebel Sabor, comían de los pastos de las laderas de las montañas, proporcionando luego a la comunidad de religiosos su pelo, su piel con la que se hacían sandalias y los pergaminos que se destinaban a recoger los versículos del Corán.

Cuando anochecía las cabras dormían plácidamente; sin embargo una de aquellas noches la montaña resonaba con sus balidos mientras seguían correteando y mordisqueando el alimento por las pendientes. Los religiosos no sabiendo a qué atribuir este hecho, pensaron en primer lugar que se debía al ave nocturna llamada chotacabras, ya que tiene fama de dedicarse a tal práctica, pero no tardaron en percibir que dichos animales habían descubierto un nuevo arbusto del cual comían y que quizás podría provocarles el estado de excitación en el que se encontraban.

Por ello los monjes tomaron de él unos frutos y una hojas para preparar una decocción. Cuentan que para obtener eta infusión, el jefe de la comunidad secó los granos al fuego, que sufrían así el primer tueste en la historia del café. Había nacido por tanto la nueva bebida, su efecto, por supuesto, fue el de mantener al maestro en perfecta vigilia y oración, mientras el resto de los monjes, que no habían probado todavía la nueva bebida, caían rendidos por el sueño, como era natural. Denominaron a esta bebida Kawah, debiéndose interpretar este nombre en relación con la provincia de Kafa de la que procede el café, que también quiere decir “lo que maravilla y da vuelo al pensamiento”.

Para los turcos el café es la bebida que sostenía a guerreros y pensadores por lo que hicieron tan abundante consumo de ella durante la guerra santa. Poco a poco las novedades producidas en este lugar viajaron de cenobio en cenobio, desde el Yemén a través de toda Arabia hasta el Cairo, Medina y La Meca. Como recuerdo a este afortunado suceso; Abbé Massieu escribe en el año 1718: “ Los monjes, uno a uno, a medida que la noche se avecina, beben en torno al gran caldero - ¡un círculo de alegría! Y la aurora, sorprendida, al visitar de nuevo aquel lugar, ¡ya en sus lechos de ocio jamás los volvió a encontrar!”

Otra leyenda nos habla de un árabe llamado Ali bin Omar al Shandhilly, quien debió ser personaje importante en la introducción del café ya que se le ha considerado como patrón entre los árabes de los cultivadores y bebedores de café; en Argelia al café se le llama shandhiliye, en honor a este personaje. Alí fue desterrado a las montañas en compañía de algunos de sus sirvientes por haberse portado deshonrosamente con la hija del rey. Estando en aquella región montañosa parece ser que Alí curó a sus pobladores de una epidemia cociendo bayas de café en agua y dándoles a beber este cocimiento. Por su buena acción fue perdonado y pudo regresar a su ciudad y continuar con su vida y con su café. De hecho las primeras noticias que aparecen en el mundo árabe en torno al café lo consideran como un remedio medicinal.

Y después de las leyendas dos recetas que son extraordinarias para acompañar una buena taza de café.

KIPFERL DE AVELLANAS
Ingredientes: (para 6 personas)
200 gr. de harina floja 100 gr. de azúcar glas
150 gr. de mantequilla 100 gr. de avellanas molidas
½ dl. de ron azúcar glas para salpicar al final

Preparación: Batir a mano o con máquina la mantequilla con el azúcar hasta que esté espumosa. Entonces retirar y añadir las avellanas, la harina y el ron. Amasar bien. Formar con la masa obtenida varios cilindros, envolver en papel film y dejar reposar en frío al menos durante 12 horas. Pasado este tiempo cortar en porciones, formar medias lunas y cocer en el horno a 130 º C durante 10-15 minutos. Dejar enfriar y salpicar con azúcar glas. Se pueden hacer de la misma forma sustituyendo las avellanas por la misma cantidad de nueces o de almendras molidas, pero como mejor están es con avellanas y empleando en su elaboración un buen ron. Su origen es austriaco


TRUFAS
Ingredientes:
500 gr. de chocolate para fundir 10 gr. de café soluble
200 gr. de mantequilla cacao en polvo o fideos de chocolate
300 gr. de leche condensada 1 dl. de coñac

Preparación: Poner en un cazo al baño María todos los ingredientes. Sin dejar de remover esperar que se forme una crema homogénea. Entonces se retira del fuego, se coloca en un recipiente y se deja en la cámara hasta que endurezca. Entonces formar las trufas, rebozar en fideos de chocolate o en cacao en polvo y colocar en cápsulas de papel rizado para servirlas. También se pueden rebozar en coco rallado o en almendras picadas. Hacer una combinación de todas ellas también da mucho colorido
 



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