Madrid a mi manera: mercados, cafés y algún capricho saludable
Martes, 10 de Marzo de 2026
Eva González
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Confieso que cada vez que escapo a Madrid intento hacer lo mismo: caminar mucho, mirar aún más… y, por supuesto, comer y beber con curiosidad. La capital tiene algo de laboratorio gastronómico permanente, un lugar donde las tendencias nacen, se transforman o desaparecen casi a la misma velocidad con la que uno termina un café.
Mi última jornada allí empezó temprano con un desayuno en Magasand, un espacio singular donde, además de tomarte algo, puedes ojear una interesante colección de revistas internacionales. Un pequeño lujo para quienes disfrutamos tanto de las páginas impresas como de un buen desayuno. En mi caso, un sandwich de carrillera con kale y queso fresco acompañado de un smoothie detox —generoso en jengibre— que, como bien sabéis quienes seguís mis artículos sobre alimentación saludable, es uno de esos ingredientes funcionales que tanto me gustan por su poder antiinflamatorio.
Magasand, comida rápida saludable en un espacio creativo con magazines únicos
Tras una visita médica y unas compras, mi siguiente parada fue el Café Nicolina, donde pedí un café con leche y una carrot cake que, sobre el papel, parecía impecable: sin gluten, sin lactosa, sin azúcar… aunque endulzada con maltitol, un edulcorante que conviene tomar con moderación porque puede provocar ciertas molestias intestinales. El café tampoco terminó de convencerme, así que tras un par de sorbos decidí hacer lo que cualquier amante del buen café haría en Madrid: buscar una cafetería de especialidad cercana.
Y así llegué a Sinfonía, donde por fin disfruté de un café a la altura, en un espacio desnudo, sin ornamentos, práctico y minimalista. Justo como suelen ser muchas cafeterías de especialidad madrileñas: estética depurada, café impecable.
Otra de mis pequeñas tradiciones cuando visito Madrid es recorrer algún mercado municipal. Me parecen auténticos termómetros de la vida cotidiana de un barrio. En esta ocasión visité dos. El primero fue el Mercado de La Paz, en la calle Ayala, en pleno Barrio de Salamanca. Un mercado encantador, coqueto y muy vivo, donde a última hora de la tarde los vecinos se reúnen para tomar una caña y picar algo tras la jornada laboral. A pesar de la hora, todos los puestos seguían abiertos: frutas y verduras relucientes, carnicerías, pescaderías… ese bullicio cotidiano que tanto me gusta observar.
Entrada lateral "menos bonita" del Mercado de la Paz, no sé la razón pero me atraen los espacios en los que se respira cierta decadencia
El segundo descubrimiento fue el Mercado Barceló, en el barrio de Justicia, inaugurado el 18 de diciembre de 2014 por la por aquel entonces alcaldesa Ana Botella, como recuerda una pequeña placa de metacrilato en su entrada. Su estructura moderna me sorprendió: más cercana a unos grandes almacenes que a un mercado tradicional. Sin embargo, su interior transmite justo lo contrario, con ese aire de comercio de siempre coronado por una variada zona de restauración.
Aspecto exterior ultramoderno del Mercado Barceló, entre Chueca y el Barrio de Justicia
Entre paseo y paseo por los puestos continué con una misión personal que arrastro desde hace meses: encontrar boniatos morados, una variedad interesante también desde el punto de vista nutricional por su alto contenido en antioxidantes. No hubo suerte. Los verduleros me explicaban que es un producto muy especial y poco habitual, además de bastante delicado: si no se vende en dos o tres días se estropea, lo que hace que muchos prefieran no arriesgar.
Muy cerca de allí, casi por casualidad, me topé con el Museo de Historia de Madrid, un lugar que llevaba años queriendo visitar. No tenía tiempo para recorrerlo con calma, pero sí para asomarme a una de sus exposiciones temporales: Naturaleza de asfalto, del artista José Miguel Palacio. Entre sus óleos me detuve especialmente en una obra que recoge treinta iconos de Madrid recortados sobre sus característicos cielos azules. Entre ellos, la icónica cúpula del Edificio Metrópolis, recientemente adquirida por el Grupo Paraguas, que acaba de inaugurar allí un ambicioso proyecto con seis espacios gastronómicos, un hotel boutique y un club privado internacional. Un club que, pese a su cuota anual de 3.500 euros más 2.000 de inscripción, ya cuenta ¡con más de mil socios!.
Edificio Metrópoli,s con su icónica cúpula, en primer plano en una vista desde las alturas de un atardecer madrileño
Mi penúltima parada estaba a un par de calles y tenía que ver con una de esas tendencias que arrasan en redes. Su nombre es Nudes, y es el local que más expectación ha generado entre los influencers madrileños este inicio de año. Impulsado por la modelo Hailey Bieber propone smoothies, rolls y café de especialidad en un ambiente minimalista —o aesthetic, como dirían ahora los más jóvenes—. Tan minimalista, de hecho, que apenas hay dónde apoyarse. Ni tú ni tus cosas. Pensé que quizá el baño, una especie de cápsula futurista escondida tras un cortinaje plateado, ofrecería alguna superficie… y efectivamente: un par de taburetes de metal perfectos para apoyar el bolso.
Baño minimalista y futurista de Nudes
Rodeada de veinteañeros que se hacían la foto de rigor con su smoothie —yo ya no estoy para esos trotes— pedí un roll de papel de arroz con hojas verdes, pepino y garbanzos especiados (correcto, aunque nada memorable), un picantísimo smoothie de remolacha y jengibre y un pequeño dulce a base de cacahuete, matcha y cacao.
Eso sí, hay que reconocer algunos aciertos de la propuesta gastro: evitar azúcares añadidos y lactosa y apostar por alimentos funcionales y superfoods para enriquecer los batidos: colágeno, creatina, espirulina, lino, proteína... Una tendencia claramente influenciada por la cultura wellness de Estados Unidos que cada vez veremos más en nuestro país y que, personalmente, me parece muy interesante, porque abre la puerta a propuestas más conscientes y saludables dentro de la restauración.
También debo decir que los precios me parecieron bastante razonables: 8,90 euros por un batido enriquecido o 9 euros por un roll no me parecen ningún disparate. Eso sí, quizá añadiría algo más de confort al espacio para poder disfrutarlo con cierta tranquilidad.
La jornada terminó con una última parada estratégica: el obrador sin gluten Zita, que en sus últimos treinta minutos antes de cerrar vende todos los productos del día al 50%. Un pequeño tesoro para quienes valoramos este tipo de elaboraciones. Salí con pan - el de lenteja está espectacular- y dulces para los próximos días bajo el brazo y, ya sí, puse rumbo al autobús de vuelta.
Destino: mi querida Salamanca. Tan mona. Y, sobre todo, tan tranquila.
Eva González Hernández
Directora de Hosteleriasalamanca.es
IG: @evagonzalezperiodistagastro
eva@hosteleriasalamanca.es
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