Dedicado a Emiliana, mi abuela paterna
Martes, 3 de Febrero de 2026
Eva González
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Al igual que en su momento dediqué una editorial a mi querido abuelo materno recogiendo los recuerdos culinarios que me quedan de él, ahora creo conveniente dedicarle unas palabras a mi abuela paterna, Emiliana, fallecida recientemente a la increíble edad de 101 años. Un siglo además vivido con salud, pues permaneció en su propia casa, independiente y completamente autosuficiente, hasta los 95 años, siempre con esa energía inagotable, sin parar un segundo, exceptuando su momento sofá-telenovela de después de comer, ése era sagrado.
Mi abuela el día que cumplió un siglo de vida
El resto de la jornada mi abuela era un torbellino alternando quehaceres del hogar: camas, lavadoras, tender, comida, desplumar palomas -esto cuando yo era pequeña-, fregar suelos… Siempre recordaré a mi abuela en pleno invierno, fregando los platos en la pila del corral -había fregadero en la cocina, pero aún no entiendo por qué apenas lo utilizaba- en manga corta, con su finísimo mandil de tela que ya había visto muchos inviernos pasar. Era una mujer dura, casi todos sus coetáneos lo son, pues nacer a principios del siglo XX no fue fácil: enfermedades, guerras, hambre, dictadura...
La vida de mi abuela transcurrió en su pueblo natal, Tarazona de la Guareña, donde se crió junto a seis hermanos mayores, los únicos que sobrevivieron de 18 que parió su madre Engracia, que también sufrió una “movición”, como mi abuela siempre se preocupaba de aclarar. La recuerdo llorar el día que se enteró de la muerte de su última hermana con vida, con la que llevaba años sin hablarse a pesar de vivir a escasos setenta metros la una de la otra, ¡cosas que sucedían antes!.

Instantáneas en el corral de mi abuela: comilonas familiares (foto de hace más de una década) y tendiendo ropa, calculo que hace unos 7 años, en ese momento ya con ayuda de un bastón
De niña mi abuela padeció poliomelitis, lo que le dejó una pierna con cierta falta de movilidad, algo que le ha dado bastante guerra estos últimos años. Después, de adolescente perdió toda su dentadura, nunca entendimos porqué -¿quizás una piorrea?- el caso es que mi abuela ya tenía dentadura postiza en la foto de su boda con su flamante marido Antonio. Después vinieron cuatro hijos, dos varones y dos mujeres, entre ellos mi padre.

Mis abuelos Emiliana y Antonio en un retrato que siempre ha presidido el salón de su casa
Abajo mi abuela cpn sus cuatro hijos, entre ellos mi padre 'Cañero' ¡con pelazo! en una instantánea de 2017
Confieso que de pequeña le tenía un poquito de miedo a mi abuela, ella era una señora con fuerte carácter y poco cariñosa, y yo era una niña sensible y callada. Además, siempre que iba al pueblo me mandaba hacer cosas de la casa mientras que a mis primos les animaba a salir a jugar a todas horas. Por aquel entonces mi niñez no me permitía entender ese tipo de cosas, pero a pesar de no entenderlas yo tampoco les daba mucha importancia. Recuerdo el día que me felicitó por fregar bien el portal de su casa, no entendí como algo tan básico podía hacerle tanta ilusión, pero ahí la tenía delante de mí, con esos profundos ojos azules mirándome con orgullo por tal hazaña hogareña. También recuerdo el día que me dio un sonoro bofetón, no os asustéis, no tenía ánimo de castigo, sino simplemente golpear de manera estratégica un diente de leche que a punto estaba de caérseme. Tras el guantazo mi cara era un cuadro, estuve a punto de estallar en lágrimas pues no comprendía tal atrevimiento, al oír ese dientecillo caer al suelo mis padres se apresuraron a explicarme la razón. Aunque trataron de consolarme yo miraba con algo de recelo a mi abuela, pues sus prácticas lejos estaban de la crianza que yo conocía.
La cara de mi abuela al conocer en 2017 a mi hija Romina, su primera bisnieta
En el apartado culinario, no me olvido de los tocinos mañaneros que freía mi abuela cuando estábamos en el pueblo. Levantarse por la mañana pensando en ese bocadillo de pan reciente con torreznos crujientes en su interior era lo más reconfortante de la jornada. A mediodía se sucedían varios platos característicos de mi abuela: macarrones con chorizo, tortilla de patata a fuego lento -pues la patata la mezclaba con el huevo cruda-, pesca rebozada y un cocido bien contundente, que se iniciaba con una sopa de fideos tostados. Sí, sí, mi abuela doraba los fideos en crudo en el cazo y luego echaba el caldo para hacer la sopa, quedaba riquísima con ese saborcito del tueste y el caldo aún más sedoso. Además, los garbanzos que sobraban se los guardaba a mis primos para la noche, pues les encantaban fritos.
También me habló varias veces de las puchas, una suerte de postre elaborado a partir de agua, harina tostada, azúcar y costrones de pan frito, nunca llegue a probarlas pero siempre las mentaba cuando nos poníamos a recordar 'cosas de antes'. Lo que sí probé fue su arroz con leche con pan frito y castañas pilongas, muy rico la verdad, lo metía en una antiquísima tartera de aluminio roja y azul y nos lo enviaba con mi padre a casa. Lo mismo hacía con sus tortas de chicharrón, su tomate en conserva o sus torrijas en Cuaresma.
El tostón asado en el horno de la antigua panadería del pueblo protagonizaba el almuerzo navideño y el hornazo dulce, típico de Tarazona de Guareña, la Semana Santa. Servidora tuvo la suerte de comer huevos de las gallinas de su corral hasta la adolescencia -luego las retiró porque le daban mucho trabajo- y de acudir a un par de matanzas caseras. Mi familia cebaba cada año tres cerdos y su sacrificio y despiece era una ardua labor que compartían con alegría junto a toda la familia, amigos y vecinos del pueblo. Durante la jornada se preparaban al fuego patatas con espinazo e hígado encebollado, que yo era incapaz de comer, impresionada por los gritos de los marranos a punto se ser degollados y los fuertes olores matanceros. Eso sí, a las chichas, el farinato y los venideros curados no les hacía ningún asco. Mis medias noches de chorizo casero con margarina Tulipán fueron memorables en las meriendas de mi infancia y en todos mis cumpleaños.


Imágenes de una matanza familiar del año 2007, con mi abuela organizando todo el 'cotarro'
En la imagen del medio ella junto a Anuncia, una gran amiga de toda la vida, lavando tripas para achorizar
Abajo todo el equipo que ese frío día echamos una mano, amigos y familia ¡atención a los mandiles!
Mi abuela fue la primera que me pidió lavar una lechuga -¡me pareció algo sumamente complicado!- y la que me enviaba “en‘ca Carmina”, la tienda de alimentación del pueblo, a comprar leche o algún producto de limpieza que se le había acabado.
Servidora con dos añitos -con el mono amarillo- en el pueblo junto a mi abuela y una prima
El año que mi madre estuvo enferma se mudó una temporada a vivir con nosotros a Salamanca, para cuidarnos a mi hermana y a mí. Fue una época triste para todos, aderezada con fuentes rebosantes de pollo frito, patatas y ultracongelados varios -por aquel entonces mi abuela le había cogido el gusto a la freidora-. La recuerdo suspirando en el sofá del salón de casa de mis padres, imagino que muy preocupada por la situación de mi madre, aunque yo, que por aquel entonces tenía trece años, vivía inmersa en una pubertad que me impedía ver más allá de mis narices.
Con los años, mi abuela se fue volviendo más cariñosa. Empezó a regalarme palabras que antes no sabía decir: que si estaba “muy maja”, que si escribía bien, lo bien que hablaba cuando me veía en la tele... y la verdad es que cuando yo las oía sentía una mezcla de emoción y sorpresa, porque si mi abuela las reconocía es que eran súper ciertas. Dos días antes de marcharse recordamos juntas aquellas frías jornadas de matanzas en el pueblo y algunas anécdotas de su vida, muchas de ellas las he querido dejar aquí por escrito.
Podría seguir escribiendo, porque de ella queda mucho más de lo que cabe en unas líneas. Pero basta con entender algo esencial: sin mi abuela no estaríamos aquí. Ni mis tíos, ni mi padre, ni mi hermana, ni yo. Fue el sólido cimiento de todo lo que vino después. Con estas líneas he intentado salvar algo de su recuerdo, para no olvidarla, para entenderla. Y, sobre todo, para regalarle por fin las palabras afectuosas que ella nunca pidió.
Aquí servidora con su abuela regalándole unos dulces la pasada Navidad
Eva González Hernández
Directora de Hosteleriasalamanca.es
IG: @evagonzalezperiodistagastro
eva@hosteleriasalamanca.es
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