Retratos de la Habana

Lunes, 6 de Julio de 2009

Cientos de habaneros se arremolinan cada noche en torno al interminable malecón que recorta su capital, un tosco paseo de cemento donde refrescar las asfixiantes noches de verano, donde imaginar un mundo diferente, donde dejarse envolver por esa brisa oceánica cargada de esperanza, de cambio, de progreso… palabras prohibidas en el discurso diario del cubano, palabras que duelen cuando se pronuncian y que quizás es mejor olvidar por el momento.

La Habana fascina al turista por la locura de sus calles, por la música que se respira en cada uno de sus rincones, por las peculiares consignas de corte comunista que inundan el panorama, por los simpáticos cocotaxis que te transportan de un lado a otro de la ciudad… El tráfico es caótico, el ruido ensordecedor, el calor insoportable

Eva González Hernández, directora de www.hosteleriasalamanca.es
y el paisaje urbano devastador; la ciudad es como un gran decorado cinematográfico, como un fotograma en blanco y negro trazado por calles envueltas en polvo, tendidos eléctricos prehistóricos y edificios a punto de sucumbir presos de la dejadez y la falta de recursos.

La Habana es también una urbe transitada por destartalados coches americanos con más de 50 años a sus espaldas, vehículos que desde entonces han pasado de generación en generación, y cuya vida se estira hasta lo imposible a base de improvisados y constantes apaños. Esos coches, objeto de las miradas y de los flashes de los turistas, son un fiel reflejo del día a día que vive el cubano, una rutina que siempre está al borde de la extenuación y de la supervivencia, pero también de la creatividad y de la imaginación a la que se ve arrastrado por el férreo control gubernamental y por la exigua cartilla de racionamiento.

Justo este año, el polémico racionamiento, instaurado por Fidel como un medio provisional hasta que se reactivara la economía del país, cumple su medio siglo de vida. Cincuenta años en los que esta cuota de abastecimiento mensual ha ido menguando la cuantía de los alimentos a los que cada cubano tiene derecho, y que en la actualidad se reduce a prácticamente cinco libras de arroz (próximamente se reducirán a dos), unas pocas onzas de frijoles y un puñado de sal. Los más afortunados, si así pueden llamarse, son los niños de hasta 7 años y los enfermos, pues ambos grupos tienen acceso a un litro de leche diario. El resto de alimentos o los productos necesarios para la higiene personal y del hogar, representan una utopía para la población, que hace interminables colas para poder acceder a un escueto pedazo de res o una pastilla de jabón, cuando el desabastecido mercado y su economía personal se lo permite, algunos una vez por semana, otros menos venturosos, una vez al mes.

Los turistas por el contrario vivimos otra realidad, mientras las mesas de hoteles y restaurantes son un sueño inalcanzable para el cubano, para nosotros son un privilegio en exclusiva. Langostas recién capturadas, sabrosos camarones (langostinos), salmón ahumado y un sinfín de exquisiteces plagan las cartas de los establecimientos. Junto a ellos, elaboraciones tradicionales cubanas como la típica “ropa vieja”, un guiso de ternera con tomate, ajo y cebolla o el cerdo ahumado con fruta bomba, ambos siempre acompañados del “arroz moros y cristianos”, una guarnición a base de arroz blanco y frijoles negros. Es triste reconocerlo, pero mientras uno se pone literalmente las botas en los restaurantes de la capital a precio dólar, miles de cubanos vagan por las calles de la ciudad buscándose la vida para poder llegar al día quince (sí, han leído bien) del mes. La leche, los bolígrafos, las aspirinas, la pasta de dientes o incluso la ropa interior son peticiones comunes que los extranjeros tratan de solventar con las provisiones traídas de sus respectivos países de origen. El trapicheo y la venta ilegal de puros es otra de las alternativas para evitar pasar hambre. Una verdadera lástima.

Abandoné el país con una desagradable sensación de impotencia, con el estómago encogido ante la injusticia y la necesidad que se respira en las calles, pero también sorprendida por el coraje del cubano, por la agotadora lucha diaria a la que se enfrenta, por mantener la ilusión a pesar de la sinrazón que lo impregna y ensucia todo.

PD: Justamente hoy día uno de julio, leo en la prensa que la periodista salmantina Isabel García-Zarza, que fue corresponsal en La Habana de la agencia Reuters durante cinco años, presenta el libro "La Casa de cristal", obra en la que recoge sus experiencias en la isla. Seguramente una lectura interesante para quienes quieran ampliar información en torno a este tema.

Eva González Hernández
Directora General de
Hosteleriasalamanca.es


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