Mis primeros fresones
Lunes, 15 de Febrero de 2010
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He comprado mi primera caja de fresones, los primeros del año. He extraído cuidadosamente cada pieza del recipiente de plástico y los he dispuesto en una fuente de cristal. Me detengo a admirar la escena: mi cocina ofrece ahora una dimensión diferente, con ese cuenco transparente rebosante de frutos rojo púrpura.
Posteriormente, me he dedicado a aspirar su dulce aroma, que me ha evocado las suaves temperaturas primaverales, el olor del césped recién segado, esa sensación
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de entusiasmo que producen los primeros días soleados de la temporada… He apreciado con detalle cada una de las semillas que salpican su superficie, las he acariciado, sintiendo esa suave pelusilla que las recubre, para finalmente recrearme mientras medito su destino.
He pensado que los primeros fresones voy a degustarlos con la simple ayuda de unos granos de azúcar moreno. Los tomaré enteros, de un solo mordisco, sintiendo como su almíbar rosado contagia de dulzura cada rinconcito de mi boca. Los siguientes los maridaré con una cremosa nata recién montada, o quizás con una crema de mascarpone, que elaboro con huevos, azúcar, un chorrito de vino dulce y la crema de este maravilloso queso italiano.
Continuando con mi reflexión, y viendo que unos fresones presentan más madurez que otros, planifico un delicioso batido a partir de leche fresca y unos toques de mermelada de arándanos, lo coronaré con unas hojitas de menta y lo tomaré bien frío para merendar. Con un poco de suerte me quedarán algunos para adornar la tarta que prepararé el fin de semana…
Mi fantasía gastronómica se ve interrumpida por un sonido familiar; mi mascota canina pide “ir al baño” por lo que me enfundo en un plumas, al que sumo guantes y bufanda de lana y me dirijo a la calle, no sin antes admirar una vez más esos atractivos y apetecibles fresones, que estoy a puntito de disfrutar.
Mi ausencia se prolonga más de lo deseado, pues hoy el animal parece especialmente interesado en catalogar las mil y una esencias ocultas en cada esquina del parque. A regañadientes consigo retornarlo a casa, tras pasar más de 25 minutos a la intemperie, con la sola ilusión de premiarme con esos fresones. Abro la puerta y me dirijo corriendo a la cocina, allí está mi cuenco de cristal con… ¡un momento!, ¿dónde fueron? en el fondo del recipiente reposan tres únicas unidades –y no precisamente las mejores-, desperdigados por la encimera agonizan rabillos verdes, sumergidos en lagunas de jugo carmesí.
El espectáculo es desolador, es entonces cuando siento que la furia hierve la sangre de mis venas, un sofoco de calor me asfixia, mis manos comienzan a retorcerse espásmicamente, gotas de sudor frío brotan en mi frente... De repente, una cabecilla inocente se asoma tímidamente por la puerta “cariño, ¿ya estás aquí?", mi mirada furiosa realiza un escaneo exhaustivo de la imagen, hasta reparar en las sutiles estelas rosadas que recorren su camiseta...
Eva González Hernández
Directora General de Hosteleriasalamanca.es
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Comentarios
Mª Carmen Sábado, 27 de Febrero de 2010
Muy bueno, tu fantasia gastronómica es exraordinaria,, y el relato muy tierno.
El final da rabía, pero creo que habiendo gente alrededor de nosotros, siempre suele pasar lo mismo. Tu lo haces y otros se lo comen.....
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