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Alrededor del café (III): Los grandes cafés y sus intrigas

Lunes, 11 de Febrero de 2008

Tomar un café no es un acto tan inocente como pueda parecer; veámoslo:

El primer café llegó a Europa, concretamente a Italia, a principios del siglo XVII fueron los venecianos quienes enseñaron a Europa a tomar café. Llegó a ellos, procedente de Turquía, a través de dos caminos: el que bajaba desde Viena y el camino del mar. Los primeros establecimientos donde tomar o comprar café fueron abiertos en Venecia por los suizos grisones. El primer café que abrió sus puertas en Europa fue en Venecia en el año 1645.

Años más tarde, en 1720, se inauguró el famoso Café Florian, todavía abierto en la no menos famosa Piazza di San Marco de la citada ciudad italiana. Se han sentado en sus rojas y cómodas butacas de terciopelo y se han contemplado en sus numerosos espejos grandes personajes como Goethe, Rousseau, Lord Byron, George Sand, Hemingway o Federico Fellini.

En sus inicios europeos el café fue recibido con sentimientos encontrados ya que muchos creían que como los árabes tenían prohibido el vino como bebida y ser usado éste en la Sagrada Comunión, Satanás les había dado el café como sustituto. Sin embargo muchas personas, entre ellas sacerdotes, se habían ya inclinado por la nueva bebida y apelaron al Papa para que diera su veredicto en cuanto a si la bebida podía ser o no utilizada por los cristianos. En un principio, igual que sucede con cualquier novedad, había ciertos recelos, sobre todo religiosos, ya que se dudaba si los cristianos podían saborear una bebida procedente de lo que en aquella época se conocía como infieles. El Papa Clemente VIII al probarlo dijo: “ Vaya, esta bebida satánica es tan deliciosa que, sin duda, sería una lástima dejar que los infieles disfruten del uso exclusivo de ella. "Engañaremos a Satanás bautizando esta bebida” por tanto con sus palabras dejó bien claro que el café podían tomarlo también los cristianos y él fue el primer Pontífice que tuvo el placer de saborearlo.

Desde Venecia el uso del café empezó a extenderse hasta Francia, Holanda y poco más tarde hasta Gran Bretaña, país en el que no tuvo tanto éxito como en el resto de Europa ya que allí era el té la bebida reina. A finales del siglo XVII había ya Cafés en casi todas las ciudades europeas y americanas importantes. Al ser el café una bebida estimulante, los salones de café han sido y son siempre lugares de reunión de mentes claras y espíritus inquietos con frecuentes encuentros de poetas, escritores, intelectuales, políticos, conspiradores, negociantes y artistas.

Es en Viena, hermosísima ciudad, por cierto, más que en ningún otro lugar del mundo donde adquieren los cafés la más perfecta unión entre sus gentes y una taza de café, de café preparado de mil formas diferentes, cada uno a su gusto y generalmente acompañado de un delicioso dulce, por lo que las largas tardes-noches del invierno vienés se pasaban y se pasan más agradablemente en uno de estos cálidos lugares, especialmente antes o después de haber asistido a una magnífica sesión en la Ópera del Estado. El primer café que se abrió en Viena fue el llamado Die blaue Flasche (la botella azul) y lo hizo un polaco llamado Franz Georg Kolschitzky, que había vivido algunos años en Turquía y era un buen conocedor del mundo del café

Stefan Zweig dice de estos lugares: "Era realmente una especie de club democrático accesible a todos por una modesta taza de café y donde, a cambio, cualquiera podía permanecer sentado durante horas charlando, escribiendo, jugando a las cartas, leyendo el correo y, sobre todo, hojeando un número ilimitado de periódicos y revistas".

En los albores del siglo XVIII se decía de los cafés de Viena "Parece increíble la libertad que allá impera en las alegres y ociosas charlas. Hablan sin solemnidad, ni caridad, no sólo de asuntos generales y ministros del Estado, sino de la vida privada del emperador. " Grandes tertulias se celebraban a diario en el Café Central de Viena con personajes tan carismáticos como Freud o Trosky; grandes obras y más de una intriga política serían gestadas frente a una taza de café vienés.

Los turcos no sin razón llaman a los cafés “escuelas de sabios”, los ingleses les denominan “las universidades del penique” y las malas lenguas dicen que algunas guerras y revoluciones se han fraguado en alguno de esos locales; así parece ser que la Revolución Francesa de 1789 tiene su origen el Café Foy de París y la Revolución Americana en el Café Green Dragon (Dragón Verde) de Boston.

En el siglo XIX se abrieron en Italia los primeros cafés o cafeterías uniéndose al ya citado “ Florian” de Venecia, el Pedrocchi en Padua; el café Greco en Roma y el Cova en Milán.



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