Durante el franquismo, la Cuaresma se vivía en un contexto marcado por el racionamiento y la escasez de alimentos, condicionando lo que llegaba a la mesa, con platos sencillos como potajes de legumbres, bacalao en salazón o recetas elaboradas con pan y verduras.
Durante el franquismo, la Cuaresma no solo se vivía desde el punto de vista religioso. También tenía un reflejo muy claro en la cocina. Las restricciones propias del periodo, unidas al racionamiento y a la escasez de alimentos que marcaron especialmente las décadas de los años cuarenta y cincuenta, condicionaban lo que llegaba a las mesas de muchas familias.
En este contexto, la cocina de Cuaresma se caracterizaba por la sencillez y por el aprovechamiento de los ingredientes disponibles. En muchos casos, además, encajaba perfectamente con la situación económica y la disponibilidad real de alimentos de la época.
La abstinencia de carne, muy respetada socialmente durante aquellos años, coincidía con una realidad en la que este producto era escaso o resultaba caro para muchas familias. Por ello, la gastronomía de este periodo se adaptaba tanto a las normas religiosas como a las circunstancias del momento, dando protagonismo a platos elaborados con ingredientes sencillos, más económicos y fáciles de conservar, como el bacalao en salazón o los tradicionales potajes de vigilia, que terminaron popularizándose aún más en las mesas.
El bacalao en salazón se convirtió en uno de los productos más habituales de la cocina de vigilia. Este pescado paso a ser un ingrediente fundamental porque podía almacenarse durante largos periodos y era más accesible que el pescado fresco. Con él se preparaban recetas muy populares como el potaje de vigilia con garbanzos y espinacas, el bacalao con tomate o distintas versiones de guisos que variaban según las posibilidades de cada hogar.

Las legumbres también ocupaban un papel central en la alimentación de la época. Garbanzos, lentejas o alubias eran ingredientes básicos que permitían preparar platos nutritivos y económicos. Estos potajes se acompañaban con verduras de temporada como espinacas, acelgas o cardo.

Las verduras y los productos de huerta tenían un papel destacado en esta cocina marcada por la austeridad, y una gran importancia en muchos hogares, especialmente en zonas rurales. Coles, nabos, coliflores, espinacas o acelgas formaban parte de numerosas recetas sencillas que ayudaban a completar la dieta en un momento en el que la disponibilidad de alimentos era limitada. Además, las familias recurrían a lo que ofrecía su propio huerto para completar la alimentación.
También eran habituales las sopas y platos elaborados con pan, un alimento fundamental en la mesa de muchas familias. Las sopas de ajo o las migas permitían aprovechar el pan duro y convertirlo en comidas sencillas pero contundentes.

Los huevos también ocuparon un lugar importante en la cocina de Cuaresma durante los años del franquismo. Este alimento se convirtió en una alternativa frecuente a la carne, especialmente en los hogares que contaban con gallinas propias. Su versatilidad permitía incorporarlos a numerosas recetas sencillas. Era común añadir huevos cocidos a potajes y guisos de legumbres o preparar tortillas con verduras. De esta forma, los huevos ayudaban a aportar proteína a una dieta basada en productos básicos.
En el apartado dulce, destacan las torrijas. Se convirtieron en uno de los postres más representativos de la Cuaresma y la Semana Santa, elaboradas también con pan del día anterior y leche, azúcar o miel.

De este modo, la cocina de Cuaresma durante el franquismo estuvo marcada tanto por la tradición religiosa como por la escasez propia de los años de posguerra. Las normas de abstinencia coincidían con una realidad en la que muchos alimentos eran difíciles de conseguir, por lo que las recetas se basaban en ingredientes sencillos y accesibles.
Potajes de legumbres, bacalao en salazón, verduras o platos elaborados con pan formaban parte de una alimentación condicionada por la necesidad. Hoy muchas de estas preparaciones siguen presentes en la gastronomía de Cuaresma, recordando una época en la que la austeridad marcaba la vida cotidiana y también lo que llegaba a la mesa.