Mis Ferias y Fiestas de Salamanca: recuerdos y sabores
Cabezudos en la Alamedilla con mi abuelo, toros con mi padre, bollo preñao en la Feria Agropecuaria... Recorro las Ferias de mi vida a través de los sabores y recuerdos que cada septiembre recupera intactos mi memoria.
Tras el largo y alocado verano, justo cuando una empieza a convencerse de que ha llegado el momento de recuperar la normalidad (sueño, ejercicio, alimentación...), aparecen nuestras Ferias y Fiestas en honor a la Virgen de la Vega y, con ellas, los conciertos, los fuegos artificiales, las charangas, los cabezudos, la feria taurina, las casetas y las calles llenas de gente.
Supongo que cada salmantino vive sus propias Ferias, las mías, además, han ido cambiando conmigo. Porque las Ferias que recuerdo de niña poco tienen que ver con las que disfruté a los veinte años y seguramente tampoco con las que vivo ahora. Sin embargo, hay algo común a todas: los sabores.
Siempre he pensado que la comida posee una especie de poder sobrenatural para transportarnos a lugares y momentos que creíamos olvidados. Basta un olor o un sabor para que aparezca una persona, una calle o una escena completa de nuestra vida pasada. Y si pienso en las Ferias de mi infancia, aparecen muchas, entre ellas la Alamedilla y mi abuelo. Fue allí donde sufrí —porque para mí aquello era sufrir de verdad— a los cabezudos y a los temidos Padrelucas durante las fiestas charras. Yo me agarraba aterrorizada a sus piernas mientras él, lejos de compartir mi preocupación por aquella amenaza gigantesca que se aproximaba corriendo hacia nosotros, se divertía enormemente con la situación. Mi abuelo tenía esa capacidad de ponerle humor a todo, incluso las historias más difíciles de su vida en la Posguerra –tremendas- terminaban convertidas en anécdotas contadas con su particular gracia durante un almuerzo.


En la imagen superior servidora con mi abuelo, a principios de los años 80. En la inferior, la que suscribe junto a hermana e hija, por cierto con cara de estar nada cómoda con el cabezudo, en una imagen en las Fiestas pasadas
En mis recuerdos de ferias también aparecen mi padre y los toros. Mi padre es ganadero de bravo. Un hombre de campo de los de verdad, acostumbrado a que el trabajo no entienda demasiado de domingos, de lluvia ni de olas de calor. Buena parte de su felicidad está en su finca, contemplando cómo su ganadería crece en libertad, viendo evolucionar esos animales que después participarán en festejos taurinos. Y claro, siendo hija de ganadero de bravo, durante mi infancia fui unas cuantas veces a los toros con él. Confieso que mi interés por lo que sucedía en el ruedo era bastante relativo. A mí me interesaban mucho más las pipas, la Coca-Cola y, sobre todo, aquel bocadillo de chorizo que formaba parte inseparable de la tarde. Cada uno vive la fiesta como puede.

Mi querido padre, ganadero de bravo, siempre me llevaba a los toros, a los chocones y al circo en ferias
Curiosamente, hoy en día cuando llega septiembre y pienso en la gastronomía de nuestras Ferias, uno de los primeros platos que me viene a la cabeza es precisamente el rabo de toro. Me encanta estofado lentamente con vino tinto y verduras, hasta que la carne queda tan melosa que prácticamente se desprende sola del hueso. Alguna vez por estas fechas lo preparo en casa y después de guisarlo separo pacientemente toda la carne para convertirla en relleno de una lasaña o incorporarla a un arroz meloso. Me gusta pensar que ahí también hay un pequeño puente entre nuestros dos mundos: el de mi padre, el campo y el toro bravo; y el mío, que ha terminado girando alrededor de la gastronomía.

Guiso tradicional de rabo de toro, con vino tinto, cebolla y zanahorias
Pero mis Ferias infantiles tienen muchos más sabores. Saben a almendras garrapiñadas y a barquillos por la Plaza Mayor. Saben al bollo preñao, que me zampaba aliviada tras la interminable visita a la Feria Agropecuaria, y saben a manzana de caramelo. Todavía puedo verme en la Aldehuela después de haber ido al circo y a los chocones con mi padre y mis primos, mordisqueando aquella manzana roja, brillante y pegajosa que entonces me parecía uno de los mayores lujos gastronómicos imaginables.
El barquillero de la Plaza
Luego crecí. Y llegaron otras Ferias más nocturnas con amigos, las apuestas en la Hípica y los recorridos de tapeo por las casetas de la Feria de Día.
Hoy, en mi cuarentena, vivo las Ferias desde otro lugar, después de tantos años al frente de HosteleríaSalamanca.es resulta imposible separar estas fechas de nuestra hostelería, de nuestras barras, nuestros restaurantes y esos platos que hablan de Salamanca mucho antes de que alguien tenga que explicar de dónde proceden. Patatas meneás, chanfaina, rabo de toro… recetas humildes, contundentes y profundamente vinculadas a esta tierra, que cada septiembre vuelven a ocupar su lugar.
También he vuelto a la Alamedilla con mi hija y esta vez he sido yo quien le ha brindado protección frente a nuestros temibles cabezudos, mientras recordaba inevitablemente a mi querido abuelo... Supongo que eso son también las Ferias: recuerdos que se renuevan, personas que se van y otras que llegan, pero siempre septiembre y Salamanca como escenario.
Y mientras tanto, un año más, habrá que dejar los buenos propósitos para después de la Virgen de la Vega. ¡Felices Ferias!
Eva González Hernández
Directora de Hosteleriasalamanca.es
IG: @evagonzalezperiodistagastro
eva@hosteleriasalamanca.es