Hambre

Miércoles, 15 de Junio de 2016
Hosteleriasalamanca.es / Por Eva González

Os copio a continuación el artículo de opinión que escribí para el Boletín de mayo de 2016 editado por la Academia de Gastronomía de Salamanca. En él recojo las calamidades alimentarias que mi abuelo materno sufrió en su infancia y juventud, narradas con su particular estilo: sin regodearse en el drama pero tampoco sin edulcorarlas. Curiosidades que muestran la necesidad en su esencia, el hambre -de verdad- que sufrieron nuestros mayores durante la Guerra Civil Española y las posteriores décadas.

Estoy orgullosa de este artículo, pues recoge anécdotas peculiares, muchas desconocidas por la mayoría, pero sobre todo porque es un pequeño homenaje a mi "Abo", así le he llamado siempre, y un reconfortante modo de recordarle...

La pérdida de mi abuelo materno, hace ya cinco años, supuso un trance difícil de asimilar. Él siempre había estado ahí: durante mi infancia fue el encargado de irme a buscar cada día al cole, con él paseé miles de veces por la Alamedilla y la antigua estación de trenes –¡me fascinaba ese lugar!- y con él también compartí todos los almuerzos de mi vida, ¡y en ocasiones también la posterior siesta en el sofá!. La vida junto a mi abuelo era una constante clase magistral, él era una ventana a un mundo exótico, que yo desconocía por completo y por ello me cautivaba.

Las calamidades alimentarias que su generación sufrió en la posguerra eran un tema recurrente cada mediodía. Siempre fui una niña curiosa, así que no tuve ningún problema en preguntar todos aquellos detalles que mi abuelo obviaba cuando relataba sus “aventuras”. Aunque sus precarias vivencias eran de una gravedad extrema (hambre, enfermedades, jornadas de trabajo durísimas...) siempre sazonaba todo con una pizca de humor, de tal forma que la desgracia se transformaba en toda una anécdota.

En la imagen de la izquierda servidora de pequeña con mi abuelo. A la derecha, décadas más tarde, mi abuelo mirando con orgullo sus manzanas predilectas: las "Golden".

Precisamente en el transcurso de esos almuerzos, mi abuelo contó una y mil veces cómo él y sus hermanos se peleaban por rebañar los granos de arroz del fondo de la cazuela, las contadas veces que su madre pudo hacer paella con algún resto de longaniza “de estraperlo”. También me habló de la cartilla de racionamiento y de cómo esperaba pacientemente cada día a la puerta del cuartel para que le dieran su ración de lentejas, siempre infiltradas de minúsculas piedras. Ante mi cara de asombro  -¡no era para menos!- confesaba cómo compraba a los soldados bollos de pan que éstos escondían en sus sudorosas axilas para sortear los controles del acuartelamiento y, como si fuera un secreto de estado, nos reveló el día que se encontró en la calle unas cuantas pesetas, -al parecer las había perdido el lechero- con las que su madre pudo alimentar a toda la familia durante más de una semana.

El año que los Reyes me trajeron mi primera Barbie, mi abuelo recordó cómo uno de sus amigos de la infancia pidió a Sus Majestades una tortilla de patata. Me quedé pensando, impactada por el inusual regalo, ¡mucha hambre debían de estar pasando!. Pero sin duda uno de mis relatos predilectos era cuando me hablaba de su trabajo en la fábrica de chocolate. Era tan solo un niño espabilado y famélico, que aprovechaba el mínimo descuido de su jefe para hurtar un puñado de esa pasta de cacao, densa y caliente, que años más tarde le provocaría graves úlceras estomacales.

La banda sonora de estas hazañas, propias de la novela picaresca, estaba compuesta entre otros, por “Quinto levanta” y “Claro de Luna” de Debussy, una bellísima pieza a piano con la que mi abuelo se emocionaba, quién sabe qué lejanos y bonitos recuerdos le traía… Precisamente con este tema le despedimos en familia al pie de una encina, una fría y triste Navidad. Hoy mi abuelo sigue estando presente en mi vida más cotidiana, siempre le recuerdo cuando veo manzanas Golden, sus predilectas, o cuando encuentro el indeseable diente de ajo en las lentejas maternas, él lo engullía de un bocado mientras exclamaba “¡es muy bueno para el corazón!”.


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